Muchos brasileños ven en Florianópolis la ciudad modelo del país.
Cuando los galopantes índices de violencia comenzaron a azotar a Sao Paulo y Río de Janeiro hace unos años, cientos de familias conservadoras empacaron sus pertenencias y se mudaron para Florianópolis, la capital del estado de Santa Catarina, el más alemán de los estados brasileños, por haber sido aquí donde se afincaron expatriados europeos desde principios del siglo pasado. Para el año 2002, Florianópolis se convirtió en la ciudad con mejor calidad de vida en todo el cono sur y una de las mejores para vivir en el mundo. Desde entonces, año con año, la población de unos 330,000 habitantes se desborda a casi un millón en el verano (noviembre y diciembre) cuando llegan aquí hordas y hordas de turistas, tanto nacionales como de sus vecinos argentinos.
“Floripa” como todo mundo la llama, es el lugar para ver y ser visto. Y está a tan sólo una hora de vuelo desde el aeropuerto de Congonhas, en Sao Paulo. En total, unas 10 horas desde la ciudad de México. Para entrar y salir de Floripa, hay que cruzar por el puente Hercilio Luz que comunica a la isla con la península; hay una serpenteante cuesta que conduce hasta el Morro da Cruz, desde donde se ve el mejor panorama; al este, la zona urbana y al oeste, las montañas selváticas. El centro histórico y las playas más calmadas son las que se encuentran en el estrecho, frente a la península, mientras que la costa atlántica de la isla es la que tiene las playas con mejor oleaje para los surfistas y, naturalmente, la fiesta y el bullicio se encuentran allí. Pero en toda la periferia de la isla hay pequeños pueblitos de pescadores que migraron aquí en el siglo XVII desde las islas Azores; su arquitectura colonial y la comida de palapa son auténticas joyas gastronómicas. De vez en cuando se encuentran manifestaciones callejeras de capoeira, un estilo de danza que pone a prueba toda la elasticidad de la que es capaz un cuerpo humano en plenitud y con un ritmo de tambores que mete en ambiente a cualquiera. Para los admiradores de la naturaleza, las dos lagunas color esmeralda son lo más parecido al paraíso y no hay manera de evitarlas. El centro histórico parte de la plaza 15 de noviembre y ofrece vistas espléndidas de la catedral, el teatro municipal y el mercado público. Pero el epicentro social esta al otro lado, en las playas del atlántico.
Los ermitaños suelen visitar las playas desiertas y pequeñas, mientras que la gente más vistosa suele apiñarse en la playa Campeche, la más famosa, la más concurrida y la más codiciada. En el verano, las emisoras de radio y televisión se instalan en la arena y organizan todo tipo de eventos deportivos y gimnásticos para transmitir en vivo hasta los mínimos detalles de quién es quién. A nadie parece incomodarle que los camarógrafos incursionen hasta en los poros de cuanta celebridad y gente atractiva se aparezca por aquí. Al atardecer, comienza la música viva en todos los bares para continuar la fiesta hasta entrada la madrugada. Para quienes se agobian con el bullicio, no hace falta más que cruzar 2 km de aguas tranquilas para llegar a la isla de Campeche y explorar allí ruinas arqueológicas y una selva tapizada de aves exóticas, como si la ruidosa civilización desapareciera instantáneamente. Las familias y gente mayor prefieren la playa Joaquina, mientras que la gente de atuendos minimalistas o nulos, se dirige a las playas de Mole o Galheta.
Floripa tiene un ambiente de perpetuo recreo. Quienes la descubren por primera vez, quedan enganchados con la magia del lugar, porque no sólo en las playas, sino también en sus elegantes barrios y pueblitos se encuentra el mismo elemento de seguridad y bienestar que hace de esta ciudad un imán para veranear. Y no son pocos quienes han regresado a instalarse permanentemente, contribuyendo a la boyante economía que año con año aumenta por el número de visitantes. Después de todo… quién no quiere estar en un lugar donde hay de todo para todos.