Educar con miedo PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Ernesto Lammoglia   
martes, 10 de noviembre de 2009
Provocar miedo es un medio usual y el más fácil de controlar la conducta de un niño, pero es un medio dañino.
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El miedo, como emoción, desorganiza y debilita la mente y, como método de sometimiento, inhibe y provoca timidez e inseguridad; de hecho, suele ser el compañero inseparable de las neurosis. Los niños no deberían sentir miedo, sin embargo, muchos padres llenan de miedos a sus hijos y hasta se divierten estúpidamente de sus reacciones. La popular frase: “Ahí viene el coco", le está dando a entender al menor que su casa no es un lugar seguro.

El adulto cómodo e ignorante utiliza el miedo para derrotar al niño. Una vez que lo logra, su hijo queda psíquicamente perjudicado. Crecerá  para ser un adulto presa del miedo. Tendrá miedo del mundo, de las personas y de las situaciones. Actuará obedeciendo al miedo, será su prisionero y difícilmente tomará decisiones de riesgo en la vida. Tratará de buscar seguridad en alguna rutina mediocre en donde nada cambie. Sin embargo, como esta vida se caracteriza por el constante cambio, sufrirá irremediablemente.

Cuánto más temibles se vuelvan los padres para sus hijos, y más le castiguen por sus fallas y trasgresiones, más están incitando al menor a mentir, hasta llegar al extremo de fabricar niños que son mentirosos crónicos. Los niños no mienten por gusto, lo hacen por miedo, por instinto de supervivencia, como una defensa ante padres que los agreden. No hay niños mentirosos, sino padres que obligan a sus hijos a que aprendan a mentir. Cuando se educa a los hijos aplicando el castigo como norma, los menores aprenden a mentir rápida e invariablemente. Y si se los castiga por mentir, lo único que se consigue es forzarlos a ser mejores mentirosos.

El ánimo de controlar y someter lleva a los padres más allá de los puñetazos y el terror, utilizando también el arma del chantaje. Es fácil manipular a los niños y el chantaje emocional es, tal vez, el arma más efectiva para lograr que un niño haga lo que uno desea. Frases como: “Me vas a provocar un infarto”, son puñaladas que dañan la salud emocional del niño en un instante. “Quieres que me muera ¿verdad?”, “Me vas a matar con tanto disgusto”, son acusaciones de intento de asesinato. Lo más grave es que el niño se aterra ante la posibilidad de la muerte de la madre y se siente culpable. Esta culpa es tremendamente dolorosa; en un intento desesperado por librarse de ella, el niño hará lo que se le pide. Lo grotesco de esta dinámica es que al final, la sensación de culpa continuará y esto no hará que quiera más a su progenitor, al contrario, a nivel inconsciente se va sembrando un resentimiento que terminará por convertirse en un odio profundo que le hará mucho daño.
 
Estos menores difícilmente viven felices, el lazo que los mantiene atados a su madre o padre es sólo de culpabilidad. Lo han convertido en un dependiente emocional que encontrará grandes dificultades en la vida.    

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